El poder de la marca personal en la politica

El poder de la marca personal en la politica

Luego de vivir más de 2.000 años bajo el dominio de reyes y emperadores, la llegada de la democracia abría el camino a la generación de una nueva concepción de poder: la de los partidos políticos. Pero a menos de 200 años de su irrupción en el escenario político mundial, su eficacia en la conformación de ideales y su capacidad para la generación de proyectos perdurables en el tiempo están siendo fuertemente cuestionados por la sociedad.

En México el otrora poderoso PRI que gobernó ese país por más de 70 años y su contracara, el PAN que lo tuvo a raya en los últimos 30 y le había arrebatado el poder en el año 2000, sucumbieron ante la poderosa imagen de un viejo político de izquierda, Andrés Manuel López Obrador, que, líder de un pequeño partido, supo juntar tras de sí a muchos otros pequeños partidos y alzarse con un triunfo arrollador en las recientes últimas elecciones.

En Estados Unidos el Partido Republicano fue invadido por el personalismo excluyente de Donald Trump. Poco sirvió toda la parafernalia ideológica-doctrinaria amasada durante 200 años por ese partido para frenar las ambiciones del excéntrico empresario inmobiliario y estrella de televisión que se les coló por una ventana y los conquistó. Y una vez ganado ese sello no le costó mucho más alzarse con la presidencia del país del norte.

En Argentina la crisis de 2001 terminó con la hegemonía del bipartidismo peronimo-radicalismo. Si bien muchos puede decir con cierta razón que el periodo 2003-2015 fue de gobierno peronista, otros tantos -especialmente muchos peronistas- negarán eso diciendo que ese gobierno fue kirchnerista y que los kirchner no son ni eran peronistas. Y si tenemos en cuenta que la propia Cristina luego de dejar el poder fundó un nuevo partido, Unidad Ciudadana, desde el cual volvió al ruedo político y se alzó con una banca en el senado de la nación, los hechos demuestran lo poco que a Cristina Kirchner le importa el peronismo.

El radicalismo no vive mejor suerte que su histórico rival. Desde que perdió el gobierno en 2001, no ha logrado siquiera arrimar el bochín en las elecciones siguientes. Y Aunque novelistas pícaros hayan bautizado al actual gobierno como el “tercer gobierno radical” lo real es que los radicales lo ven de afuera, con la ñata contra el vidrio. Y en el gobierno de Macri no tienen mayor representación que aquel 3% obtenido en la PASO de 2015.

Vivimos claramente una era donde el poder de la “marca personal” de los líderes supera holgadamente al poder de la “marca partidaria”. Hoy Trump es más importante que el Partido Republicano; Macri lo es mucho más que el radicalismo como Cristina del peronismo. Y en Brasil, Lula también es mucho más importante que el PT (Partido de los Trabajadores) del cual es uno de sus fundadores.

Una reciente encuesta de la consultora Datafolha publicada por la agencia de noticias AFP muestra que, a pesar de estar preso en la cárcel por corrupción, Lula posee en el electorado brasileño un 39% de intención de voto a presidente de ese país. El tema es que el ex presidente no puede presentarse como candidato, justamente por su condición de reo. Y por tal motivo el PT nominó a otro candidato, Fernando Addad, un empresario y Alcalde de la poderosa ciudad de Sao Paulo, que en las encuestas apenas alcanza el 4% de intención de voto.

Al electorado no le importa el Partido de los Trabajadores, su ideología o su doctrina; le importa Lula.

Lo mismo pasa en Argentina con Cristina. Al irse del peronismo a Unidad Ciudadana se llevó consigo a la inmensa mayoría de su electorado (más del 35%) en PBA. Pero, al igual que Lula con el PT si por alguna razón no fuera ella la candidata a presidenta de la nación por ese espacio, Unidad Ciudadana difícilmente mantendría el caudal electoral que lograría con ella. Ni siquiera respetaría la portación de apellido, tal como muestra esta interesante encuesta de Clarin, donde se le preguntó al elector kirchnerista a quien votarían si Cristina no fuera la candidata de Unidad Ciudadana.

Máximo, su hijo sólo retendría el 1,9% de ese voto. Agustín Rossi y Axel Kicillof, dos de sus alter ego, sólo retendrían el 17% de ese voto kirchnerista. Paradójicamente la mayoría se iría con Sergio Massa al Frente Renovador.

Esta característica que el consultor argentino Carlos Fara denominó “voto desregulado”, no solo se puede ver en la política internacional y en la nacional, sino también en la provincia de Río Negro.

Un reciente encuesta efectuada por mi consultora muestra la alta imágen que el gobernador Alberto Weretilneck mantiene aún en el electorado rionegrino: +56%. Sin embargo, ante la imposibilidad de poder volver a presentarse como candidato a gobernador, esa imagen no se traslada en votos a JSRN (partido político fundado por él), que entre todos sus pre-candidatos actuales alcanzarían a retener poco más del 24%.

Las marcas políticas fuertes no son la de los partidos, por más historia o fama actual que tengan. Son de las personas que los lideran. Pero el voto que ellos puedan conseguir hacia sus personas no lo dominan a su antojo. No lo pueden transferir a sus ‘delfines’, por más parientes o amigos que sean de ese líder. La gente, el elector, es dueño de su voto y se lo presta al que quiera, al que lo cautive, al que lo enamore o al que crea que mejor va a defender y cuidar de sus intereses en ese momento. Se lo presta, no se lo regala.

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